En Los Roques , el cielo tiene otro color. Es un turquesa intenso que se confunde con el azul del mar Caribe y obnubila, ya que desde el aire no se alcanza a distinguir el horizonte. Para llegar a esta magnífica versión del paraíso, volamos desde Isla Margarita en una avioneta bimotor de cuatro plazas, que permite apreciar el paisaje en su totalidad. “Si Dios es argentino, en Venezuela está el paraíso”, afirman los pobladores, orgullosos de tener su bandera flameando en estas maravillosas islas, difíciles de detectar en un planisferio.
Sólo unos postes separan la pista de aterrizaje del pequeño poblado deGran Roque , la única isla con población permanente de las 50 que conforman el Parque Nacional Archipiélago de Los Roques , creado en 1972. Si bien en todas las islas caribeñas abundan las palmeras, arenas blancas y mar cristalino, las que emergen de este extenso atolón coralino tienen un encanto especial, quizá por su escasa infraestructura y la falta de agua potable, que hacen sentir al visitante un explorador, y porque viajar de una isla a otra es, literalmente, un desembarco.
Desde un rústico muelle sobrevolado por pelícanos, una lancha nos lleva, en minutos, a la isla Francisquí , donde esperan una angosta playa casi desierta, lagartijas, grandes caracoles y cangrejos que, apenas sienten retumbar los pasos extraños, regresan a sus huecos. Se siente en la piel el dorado del sol, que aquí parece estar más cerca. Y no se puede evitar dirigir la mirada al mar, que ahora parece cambiar a un impactante verde esmeralda, con sectores más oscuros que delatan la presencia de cardúmenes.
La mañana en Francisquí resultó un derroche de paz y un armonioso encuentro con la naturaleza. Una caminata bajo el sol a orillas del mar es suficiente para disfrutar de cada detalle del paisaje tropical. Luego de almorzar la vianda que preparan los guías –pescado fresco asado y verduras de la zona–, la lancha vuelve para zarpar rumbo a otra isla. Diez minutos de viaje alcanzan para maravillarnos con las tortugas gigantes que guían el paseo.
A medida que nos acercamos a Madrisquí , otra isla del archipiélago, dejamos atrás embarcaciones ancladas a pocos metros de la orilla. Sobre gigantescos cruceros, llama la atención la sucesión de banderas de países muy distantes de Venezuela: Suiza, Italia, Canadá, Estados Unidos. Las moles flotantes invitan a soñar con un mundo que sólo encontramos en revistas de personajes famosos. Estamos aquí, muy cerca de ellos, bajo el mismo sol y nos sentimos parte de su entorno.
Más concurrida, la playa de Madrisquí es la elegida por los amantes de los deportes náuticos. Se observan italianos practicando kitesurf, alemanes enfundados en trajes de buceo, franceses con sus tablas de surf. A nosotros nos toca ponernos el equipo para disfrutar del snorkel. En los bancos de arena apenas cubiertos por el mar, la gente parece caminar sobre las aguas, mientras se oyen conversaciones en idiomas diversos.
Por un camino perfectamente delineado en medio de la vegetación detrás de la playa, llegamos a La Piscina, como se conoce a este lugar deslumbrante que se forma entre los corales que frenan la rompiente del mar. El silencio profundo del mar sólo deja oír el eco de nuestras burbujas.
Multitudes de peces multicolores asoman a la vera de la barrera coralina, con sus distintas formas y tamaños. Es difícil encontrar palabras para describir la asombrosa vida que se desarrolla a ocho metros bajo la superficie. El sol trasluce el fondo blanco y muestra otras especies de flora y fauna subacuáticas.
Desfilan grandes peces plateados y amarillos, seguidos por otros más pequeños, negros y con rayas azules, que parecen encenderse cuando algún rayo de sol los ilumina. Buscamos el cielo a través del agua y aparecen otros peces, alargados y casi transparentes, que nadan pegados a la superficie.
El tiempo pasó tan rápido como sucede siempre que se está a gusto; no queda otra opción más que volver. El regreso en lancha a Gran Roque es algo así como el viaje de Cenicienta en su carroza, a poco de la medianoche. En breve, semejante encanto será sólo un hermoso recuerdo. Es que desandar los mismos lugares que nos llevaron al sueño tiene un sabor amargo.
“Sonríe porque sucedió”, sugiere una frase de Gabriel García Márquez. Antes de subir a la avioneta, con las aves como testigos, prometemos volver.







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